La inteligencia artificial parece vivir en la nube, pero en realidad vive en lugares muy concretos.
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La inteligencia artificial parece vivir en la nube, pero en realidad vive en lugares muy concretos.
Detrás de una respuesta, una imagen o un modelo capaz de procesar millones de instrucciones por segundo hay edificios enormes, kilómetros de fibra óptica, transformadores, sistemas de refrigeración, generadores de respaldo y una demanda creciente de electricidad y agua.
Y ahí aparece una pregunta que durante mucho tiempo quedó escondida detrás de la fascinación tecnológica: ¿qué ocurre con el territorio que recibe toda esa infraestructura?
La respuesta no es sencilla. Un centro de datos puede ser una oportunidad económica extraordinaria para una región y, al mismo tiempo, convertirse en una fuente importante de presión sobre el agua, la red eléctrica, el ambiente y la vida cotidiana de quienes viven alrededor.
Las dos cosas pueden ser verdad.
El problema comienza cuando se cuenta solamente una de ellas.
La IA cambió la escala
Los centros de datos no son nuevos. Lo que cambió con la inteligencia artificial es la intensidad.
Los grandes modelos necesitan enormes cantidades de cómputo y, especialmente durante el entrenamiento y determinadas cargas de inferencia, concentran una potencia que puede superar ampliamente la de un centro convencional. Además, los nuevos sistemas de GPU generan tanta densidad térmica que algunas instalaciones están pasando de la refrigeración tradicional por aire a sistemas líquidos mucho más sofisticados.
Eso tiene una consecuencia bastante simple: cada vez importa más dónde se instala un centro de datos y cómo se lo diseña.
No es lo mismo levantarlo en una zona industrial con abundante agua, buena infraestructura eléctrica y distancia de las viviendas que construirlo junto a un acuífero vulnerable, un ecosistema sensible o una comunidad que ya enfrenta estrés hídrico.
Por eso, decir simplemente que "los centros de datos contaminan" es tan incompleto como decir que "los centros de datos son verdes".
La realidad está en el medio.
El agua: entre el mito y el problema real
Probablemente no exista otro aspecto tan cargado de cifras engañosas como el consumo de agua.
En redes circularon estimaciones según las cuales una imagen generada con IA podía representar varios litros de agua. También se difundió la idea de que cientos de millones de imágenes habían consumido cientos de millones de litros en apenas unos días.
El problema es que esas cifras suelen convertir una estimación de consumo indirecto, calculada para determinados supuestos de energía, clima y refrigeración, en una especie de "precio universal" para cada imagen.
No existe tal número.
El agua utilizada por un centro de datos depende de la tecnología de refrigeración, del clima, de la eficiencia de la instalación y, sobre todo, de dónde se encuentra.
Un sistema de refrigeración que depende de evaporación puede consumir grandes cantidades de agua. Un sistema cerrado o una instalación diseñada para refrigerarse principalmente con aire puede reducir ese consumo de manera drástica. Algunas arquitecturas nuevas están directamente diseñadas para recircular el líquido refrigerante en circuito cerrado y evitar la evaporación durante la operación normal.
Eso no significa que la preocupación por el agua sea falsa. Significa que hay que mirar el centro de datos real, no una cifra viral.
En Estados Unidos, el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley estimó que los centros de datos consumieron alrededor de 17.000 millones de galones de agua de manera directa en 2023, unos 64.000 millones de litros. El mismo análisis estimó un consumo indirecto mucho mayor asociado a la generación de la electricidad que los alimenta. Para 2028, el consumo directo podría aumentar de manera considerable si continúa la expansión prevista.
La escala importa.
Pero también importa la ubicación.
Un centro que utiliza agua reciclada en una región húmeda no plantea el mismo problema que otro que extrae agua potable en una cuenca donde los hogares, la agricultura y los ecosistemas ya compiten por el mismo recurso.
Y hay otra distinción que suele desaparecer en las discusiones: extraer agua no es exactamente lo mismo que consumirla. Parte del agua que entra en una instalación puede volver al sistema. Otra parte se pierde por evaporación o queda fuera de disponibilidad inmediata.
Por eso, cuando una empresa anuncia que su centro usa "poca agua", la pregunta correcta no es simplemente cuánto.
Es: ¿cuánta agua extrae, de qué fuente, cuánta consume realmente, qué calidad tiene y qué ocurre durante una sequía?
Ahí empieza una discusión seria.
El ruido que no aparece en el folleto
Hay otra externalidad mucho menos conocida.
Un centro de datos no duerme.
Los grandes sistemas de refrigeración, ventiladores, bombas y equipos auxiliares pueden funcionar las 24 horas del día, los 365 días del año. En algunas comunidades de Estados Unidos, vecinos comenzaron a denunciar un zumbido persistente y vibraciones de baja frecuencia vinculadas a instalaciones de gran escala.
El problema no es solamente que exista ruido.
Es que es constante.
Un camión puede pasar, una fábrica puede detenerse por la noche, una obra termina. Un centro de datos sigue funcionando mientras todos los demás duermen.
Los conflictos recientes en lugares como Vineland, Dowagiac y Lowell muestran hasta qué punto una instalación que cumple formalmente con determinados límites puede seguir generando malestar cuando el ruido es continuo y de baja frecuencia.
Además, muchas normas municipales de ruido fueron diseñadas para problemas completamente distintos: fiestas, tráfico, obras o actividades industriales convencionales. No necesariamente fueron pensadas para gigantes tecnológicos que pueden mantener equipamiento de refrigeración funcionando permanentemente.
La solución tampoco es misteriosa.
Hay tecnologías para aislar equipos, rediseñar la orientación de los sistemas, construir barreras físicas y controlar el ruido en tiempo real.
Pero deben exigirse antes de que aparezca la primera denuncia.
Los gases que casi nadie cuenta
Los centros de datos necesitan electricidad continua. Y por seguridad suelen tener generadores de respaldo.
En grandes instalaciones puede haber decenas de ellos, y algunos pueden entregar varios megavatios cada uno.
Cuando funcionan con diésel, producen óxidos de nitrógeno, partículas y otros contaminantes. El escape de los motores diésel es conocido por sus efectos sobre la salud y está clasificado como carcinógeno para los seres humanos por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer.
Conviene hacer una precisión importante: que existan generadores no significa que estén contaminando todo el tiempo. Muchos son equipos de emergencia y pasan gran parte de su vida apagados. Pero deben probarse y, en algunos proyectos, también pueden existir autorizaciones para otros usos.
Por eso tampoco alcanza con decir "son generadores de emergencia".
Hay que preguntar cuántos hay, qué combustible utilizan, cuántas horas pueden operar, qué controles de emisiones tienen y bajo qué permiso.
Algunos lugares están endureciendo precisamente este punto. Virginia, por ejemplo, comenzó a exigir sistemas de control equivalentes a Tier 4 para determinados generadores de centros de datos, con tecnologías destinadas a reducir NOx, monóxido de carbono y partículas.
Es una demostración interesante de algo que a veces se pierde en la discusión: el problema no se resuelve prohibiendo una tecnología, sino haciendo que la infraestructura que la acompaña también cumpla estándares adecuados.
El calor también tiene un costo
Toda la electricidad que entra en un servidor termina, en mayor o menor medida, convertida en calor.
Un centro de datos puede utilizar enormes sistemas de ventilación y refrigeración para expulsarlo. En ciertos diseños también pueden existir descargas térmicas asociadas al agua utilizada en los procesos de enfriamiento.
A escala de una instalación, esos efectos no necesariamente producen por sí solos una catástrofe ambiental. Pero pueden adquirir importancia cuando el proyecto es enorme o está ubicado en un entorno sensible.
Y existe una paradoja fascinante.
Ese calor que durante años fue tratado simplemente como desperdicio puede convertirse en un recurso.
En Finlandia, proyectos de recuperación de calor de centros de datos ya están conectando esa energía con sistemas urbanos de calefacción. Un proyecto en Mäntsälä recupera del orden de 20.000 MWh al año, suficiente para calefaccionar aproximadamente 2.500 hogares finlandeses.
En Tallaght, Irlanda, un sistema que aprovecha el calor de un centro de datos de Amazon permitió evitar alrededor de 1.100 toneladas de CO₂ durante su primer año.
La diferencia entre desperdicio y recurso, en este caso, depende de una decisión de diseño.
El problema no termina en la puerta del predio
También está el territorio.
Un enorme complejo tecnológico necesita superficie, caminos, líneas eléctricas, transformadores y, muchas veces, nuevas instalaciones auxiliares.
Si el terreno elegido ocupa bosques, humedales o corredores utilizados por fauna silvestre, el impacto no desaparece simplemente porque dentro del edificio no haya una chimenea.
La conservación también puede ser una cuestión de diseño.
Elegir terrenos industriales degradados en lugar de áreas naturales, conservar corredores de fauna, mantener vegetación perimetral, reducir iluminación nocturna innecesaria y proteger cursos de agua puede cambiar por completo la relación del proyecto con su entorno.
Lo mismo ocurre con la comunidad.
Una localidad puede aceptar una gran inversión y, aun así, exigir saber qué recibirá a cambio.
Porque una promesa genérica de "desarrollo" no alcanza.
El empleo: una promesa que necesita letra chica
Los centros de datos generan empleo. Pero aquí también conviene separar la realidad de la publicidad.
La fase de construcción puede movilizar una cantidad considerable de trabajadores: obra civil, estructuras, electricidad, climatización, cableado, seguridad, transporte y servicios asociados.
Después la plantilla permanente es mucho más pequeña.
La experiencia internacional muestra que algunas compañías hablan de miles o decenas de miles de empleos incorporando puestos indirectos, temporales o generados durante la construcción. Otras presentan cifras mucho más modestas para la operación cotidiana.
Eso no vuelve inútil la inversión.
Un centro de datos también puede traer carreteras, fibra óptica, capacidad eléctrica, servicios profesionales y contratos para empresas locales. Puede aumentar la actividad de hoteles, restaurantes, transporte y construcción durante años.
Pero el beneficio no debería darse por supuesto.
Debe negociarse y medirse.
Así la inversión deja de ser solamente un edificio enorme conectado a la red y pasa a formar parte de la economía de la zona.
Cuando la regulación corre detrás de la tecnología
Aquí aparece uno de los puntos más delicados.
La industria tecnológica mueve mucho dinero y compite globalmente por instalar infraestructura. Los gobiernos, por su parte, quieren atraer inversión, empleo y capacidad digital.
Eso genera incentivos enormes para facilitar permisos.
Facilitar no es necesariamente malo.
El problema aparece cuando la velocidad para atraer capital supera la capacidad del Estado para estudiar sus consecuencias.
En América Latina ya existen ejemplos preocupantes.
En Querétaro, México, distintas investigaciones describieron una situación diferente pero relacionada: determinados centros de datos quedaron encuadrados administrativamente como servicios y no como industrias, dentro de parques industriales con un régimen que podía evitar determinados estudios ambientales y obligaciones fiscales vinculadas con emisiones.
Eso no significa que toda exención sea ilegal ni que cada modificación normativa sea consecuencia directa de una orden de una empresa.
Tampoco sería serio afirmar, sin pruebas, que una ley fue modificada "por lobby".
Lo que sí está documentado es que las grandes empresas tecnológicas mantienen una fuerte actividad de influencia política.
Una investigación regional identificó miles de reuniones e interacciones entre representantes de empresas tecnológicas y funcionarios públicos entre 2012 y 2025. Brasil concentró la mayor cantidad, seguido por países como Chile.
El lobby, por sí mismo, es legal en muchas democracias.
La pregunta relevante es otra:
¿qué ocurre cuando el Estado negocia los beneficios de una inversión sin hacer públicos al mismo tiempo sus costos?
Hay otra forma de hacerlo
Europa está avanzando hacia una respuesta distinta.
La Unión Europea ya estableció reglas específicas para mejorar la eficiencia energética y la transparencia de los centros de datos. España, por ejemplo, impulsó un marco para que determinadas instalaciones reporten información sobre electricidad, agua, renovables, refrigerantes, calor residual y otros indicadores.
Ese cambio es más importante de lo que parece.
Porque obliga a transformar una discusión política en una discusión con datos.
Y cuando aparecen los datos, se puede comparar.
Un centro puede demostrar que casi no utiliza agua potable.
Otro puede demostrar que recupera buena parte de su calor.
Otro puede demostrar que utiliza energía renovable y sistemas avanzados de control de emisiones.
Y otro puede quedar expuesto como un proyecto que simplemente trasladó sus costos al territorio.
Eso es lo que debería permitir una buena regulación.
No impedir la tecnología.
Hacer visible su verdadero costo.
Cómo se ve un centro de datos realmente responsable
Un proyecto defendible no necesita ser perfecto.
Necesita estar diseñado para que sus beneficios no dependan de que otra persona pague las externalidades.
Eso significa algo bastante concreto: ubicar la instalación donde su impacto ecológico sea menor; priorizar agua reutilizada o sistemas de muy bajo consumo cuando la disponibilidad hídrica lo exija; utilizar refrigeración eficiente; controlar el ruido también durante la noche; limitar y monitorear las emisiones de los generadores; proteger la fauna y la flora del entorno; hacer públicos los consumos; preparar planes para sequías; y establecer mecanismos de participación de la comunidad.
También significa algo que suele olvidarse: decir de antemano qué se promete y luego verificar si se cumplió.
Cuántos puestos de trabajo fueron realmente locales.
Cuántos impuestos quedaron en el municipio.
Cuánta agua se utilizó.
Cuánta electricidad consumió el centro.
Cuántas horas funcionaron los generadores.
Cuánto ruido produjo.
Cuánto calor se recuperó.
Cuánto dinero quedó realmente en la economía local.
Nada de eso es demasiado pedir para una infraestructura que puede consumir recursos de una comunidad durante décadas.
La pregunta correcta
La discusión pública suele quedar atrapada en una falsa elección.
"¿Queremos centros de datos o queremos cuidar el ambiente?"
No necesariamente hay que elegir.
La pregunta más útil es otra:
¿Qué condiciones debe cumplir un centro de datos para que valga la pena tenerlo?
Un proyecto ubicado sobre un ecosistema sensible, dependiente de agua potable escasa, con ruido permanente y exenciones poco transparentes puede ser una mala inversión incluso si aporta miles de millones de dólares.
Otro, construido sobre suelo industrial adecuado, alimentado con energía de bajo carbono, con refrigeración eficiente, emisiones controladas, recuperación de calor, protección del paisaje y acuerdos económicos claros con la comunidad, puede convertirse en uno de los proyectos más productivos de una región.
La inteligencia artificial va a seguir creciendo.
Los centros de datos también.
La decisión importante no es detener ese proceso a cualquier costo ni entregarle un cheque en blanco a la industria.
Es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente:
hacer que la tecnología pague por el lugar que ocupa, cuide el territorio que utiliza y deje una parte real de la riqueza que genera.
Cuando eso ocurre, un centro de datos deja de ser una máquina enorme escondida detrás de una cerca.
Puede convertirse en infraestructura útil para una comunidad.
Y cuando no ocurre, la nube termina revelando algo bastante terrestre:
que incluso la tecnología más avanzada del mundo sigue necesitando agua, energía, territorio y personas que vivan alrededor.