"Farmear Aura" y "Brainrot"; Argentina debe decidir muy bien que importar de Internet

Argentina tiene una oportunidad que pocas generaciones tuvieron.
Podemos mirar al mundo desarrollado, observar qué funcionó, estudiar qué fracasó y elegir qué queremos incorporar antes de repetir sus errores.
Podemos aprender de sus universidades, empresas, tecnología, ciencia e innovación.
Pero también podemos aprender qué no queremos copiar.
Durante años, el mundo conectado produjo cantidades enormes de contenido pensado para capturar nuestra atención durante unos segundos más. Algunas de esas tendencias llegaron a convertirse en parte del lenguaje cotidiano de millones de jóvenes.
“Brainrot”.
“Aura farming”.
“Rizz”.
“67”
No todo eso es estadounidense, ni necesariamente dañino. Internet es una cultura global. Pero buena parte de esta cultura se desarrolló dentro de un digital dominado por plataformas y comunidades angloparlantes, especialmente estadounidenses.
La pregunta no es si podemos evitarla.
Es si vamos a consumirla pasivamente o decidir qué merece convertirse en nuestra cultura.
No es una guerra contra los memes
Un meme no destruye una civilización.
Reírse de una estupidez durante treinta segundos no convierte a nadie en idiota. Las generaciones anteriores también tuvieron entretenimiento absurdo, modas pasajeras y programas vacíos.
El problema aparece cuando el entretenimiento deja de ser una parte de la cultura y empieza a convertirse en la cultura.
Oxford eligió “brain rot” como Palabra del Año 2024 y la definió como el supuesto deterioro intelectual asociado al consumo excesivo de material trivial o poco exigente, especialmente online. Según Oxford, el uso del término aumentó un 230% entre 2023 y 2024.
La paradoja es enorme.
Nunca tuvimos tanto conocimiento disponible.
Y nunca fue tan fácil desperdiciar nuestra atención.
El nuevo producto es nuestra atención
Antes teníamos que buscar activamente el entretenimiento.
Ahora el entretenimiento nos encuentra.
Las plataformas saben qué vimos, cuánto tiempo permanecimos mirando, qué repetimos y qué nos hizo volver. Buena parte de este sistema no está diseñada para que terminemos un libro o comprendamos una idea.
Está diseñada para que sigamos mirando.
Por eso el contenido breve, emocional, repetitivo o sorprendente tiene una ventaja enorme.
No necesita ser profundo.
Necesita ser efectivo.
Ahí aparece el terreno fértil del brainrot: no porque todos los memes sean malos, sino porque un puede terminar premiando aquello que exige menos esfuerzo y genera más reacción inmediata.
La diferencia es la velocidad.
Una tendencia puede aparecer en otro país y estar en los celulares argentinos en cuestión de horas.
Antes existía tiempo para observar, discutir, adaptar y convertir una influencia extranjera en algo propio.
Ahora el puede saltarse todo ese proceso.
Por eso Argentina necesita recuperar deliberadamente ese filtro.
Podemos importar los resultados, no los problemas
Los países desarrollados tienen problemas.
También tienen soluciones.
Estados Unidos produjo algunas de las empresas tecnológicas más importantes de la historia, pero también un digital extraordinariamente sofisticado alrededor de la captura de atención.
Europa y otros países llevan años discutiendo cómo equilibrar tecnología, educación, infancia, privacidad y bienestar.
Argentina puede observar ese proceso.
No necesitamos cometer primero todos los errores para descubrir que existían.
Ese debería ser uno de nuestros mayores activos.
La evidencia no permite decir que “las redes destruyen el cerebro”
También hay que evitar la exageración.
Sería poco serio afirmar que todo contenido digital produce daño, pero igualmente poco serio ignorar los problemas.
La Organización Mundial de la Salud encontró que la proporción de adolescentes con señales de uso problemático de redes sociales pasó del 7% en 2018 al 11% en 2022 entre los países y regiones incluidos en su estudio europeo y de Asia Central. La también señala que la relación entre redes sociales y salud mental es compleja y puede funcionar en ambas direcciones.
No todo adolescente que usa TikTok desarrolla un trastorno.
No todo meme es una amenaza.
Pero tampoco podemos fingir que la cantidad, intensidad y estructura del consumo digital son irrelevantes.
La discusión madura no consiste en demonizar una aplicación.
Consiste en preguntarnos qué hábitos estamos incentivando.
¿Queremos una generación que consuma o una generación que construya?
Argentina tiene una población joven conectada, universidades, científicos, programadores, artistas, emprendedores, una enorme tradición cultural y acceso a prácticamente toda la información producida por la humanidad.
Sería absurdo utilizar semejante infraestructura únicamente para consumir contenido diseñado para desaparecer de la memoria en segundos.
La cuestión no es dejar de divertirse.
Es no permitir que la diversión se convierta en nuestro único producto cultural.
Argentina no necesita ser una copia
Existe una tentación recurrente en los países periféricos: pensar que modernizarse significa parecerse a los países centrales.
No necesariamente.
Modernizarse puede significar observarlos con suficiente atención como para distinguir qué conviene imitar y qué conviene evitar.
Podemos copiar una innovación tecnológica sin copiar todos los hábitos culturales que aparecieron alrededor de ella.
Podemos utilizar sin adoptar una cultura de dependencia.
Podemos tener redes sociales sin convertirlas en el centro de la identidad.
Podemos consumir cultura extranjera sin abandonar la argentina.
Podemos mirar al mundo sin dejar de producir algo propio.
El desafío es cultural
Argentina tiene una oportunidad excepcional porque todavía puede observar buena parte de este proceso y aprender de otros. No necesitamos esperar una década para evaluar las consecuencias de determinados hábitos digitales.
No necesitamos convertir la búsqueda permanente de aprobación en una forma de vida para descubrir sus límites. Ya hay evidencia en otros paises.
Estudiar sus aciertos y sus fracasos.
Y después hacer algo que Argentina históricamente hizo muy bien:
tomar lo que viene de afuera, transformarlo y hacerlo nuestro.
Pero hay algo que no deberíamos importar en masa:
la idea de que todo lo que logra millones de visualizaciones merece millones de minutos de nuestra vida.
Porque una generación que aprende a utilizar la tecnología para crear puede cambiar un país.
Una generación entrenada únicamente para consumirla puede terminar simplemente mirando cómo cambia el resto del mundo.
Argentina no necesita más brainrot.
Necesita cerebro.
Y mucha, mucha imaginación.
Fuentes
- corp.oup.com — respalda datos de la nota («"Farmear Aura" y "Brainrot"; Argentina debe decidir muy bien que importa…»): 67; 202 · https://corp.oup.com/news/brain-rot-named-oxford-word-of-the-year-2024/
- OMS — ficha de salud mental adolescente (pantallas / bienestar; contexto brainrot) · https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health
- who.int — respalda datos de la nota («"Farmear Aura" y "Brainrot"; Argentina debe decidir muy bien que importa…»): 67; 202 · https://www.who.int/europe/initiatives/health-behaviour-in-school-aged-children-(hbsc)-study/highlights
- dictionary.com — respalda datos de la nota («"Farmear Aura" y "Brainrot"; Argentina debe decidir muy bien que importa…»): 67; 202 · https://www.dictionary.com/culture/slang/aura-farming
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