Origen del artículo: ArgentinaIdioma original: español
Resumen basado en fuentes
Hay algo extraño en la época que nos toca vivir. Tenemos más capacidad que nunca para comunicarnos, comerciar, viajar, aprender y crear juntos y, al mismo tiempo, volvemos a hablar cada vez más como si la historia fuera una pelea inevitable entre bloques: América contra China, Occidente contra Oriente, democracias contra autoritarismos, inteligencia artificial contra inteligencia artificial.
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Hay algo extraño en la época que nos toca vivir. Tenemos más capacidad que nunca para comunicarnos, comerciar, viajar, aprender y crear juntos y, al mismo tiempo, volvemos a hablar cada vez más como si la historia fuera una pelea inevitable entre bloques: América contra China, Occidente contra Oriente, democracias contra autoritarismos, inteligencia artificial contra inteligencia artificial.
Y hasta aparece, casi como una fatalidad, la posibilidad de una nueva Guerra Fría. Una fría, una tecnológica, una de chips, algoritmos y sistemas autónomos; o, en el peor de los casos, una guerra literal.
Pero quizá deberíamos hacer algo bastante menos espectacular y mucho más difícil: mirarnos primero a nosotros mismos.
Antes de señalar con el dedo las contradicciones de China, de Estados Unidos, de Europa, de Medio Oriente o de cualquier otro lugar, América entera debería preguntarse qué está haciendo mal. ¿Cuánto se ha erosionado nuestra democracia? ¿Cuánto poder hemos permitido que acumulen los Estados, las grandes corporaciones, las plataformas tecnológicas y otros actores privados? ¿Cuántas veces hablamos de libertad mientras toleramos que personas concretas no tengan garantizados derechos básicos?
Lo mismo debería valer para todos, pero sin fingir que todas las sombras tienen la misma dimensión. Hay dictaduras donde el poder directamente no admite oposición, prensa independiente ni libertad religiosa: Corea del Norte continúa siendo un régimen totalitario con vigilancia generalizada, detenciones arbitrarias y graves abusos; Irán mantiene un sistema en el que el poder último descansa en una autoridad religiosa no elegida y donde las fuerzas de seguridad y la Justicia son utilizadas para reprimir la disidencia; Arabia Saudita sigue siendo una monarquía absoluta en la que prácticamente no existen derechos políticos nacionales y persisten restricciones severas sobre la disidencia y las minorías religiosas. En China, el Partido Comunista mantiene un control estrecho sobre los medios, internet, universidades, organizaciones civiles, empresas y prácticas religiosas, mientras la concentración de poder de Xi Jinping ha alcanzado niveles que no se veían en décadas.
Pero que esas realidades sean reales no convierte automáticamente a América en la encarnación de la libertad perfecta. Estados Unidos conserva sólidas garantías constitucionales y sigue siendo clasificado como “libre”, pero Freedom House también registra una caída de su puntuación, de 84 a 81 sobre 100, vinculada entre otras cosas a la polarización, el peso creciente del dinero en la política, la discriminación y el deterioro de la capacidad institucional. Y hay una contradicción que ninguna bandera debería esconder: en 2025 un tribunal federal estadounidense concluyó que determinadas búsquedas sin orden judicial realizadas bajo la Sección 702 vulneraron la Cuarta Enmienda, en un contexto de años de controversias sobre vigilancia gubernamental de estadounidenses. La libertad puede existir constitucionalmente y, aun así, ser erosionada en la práctica.
Tampoco América Latina puede esconderse detrás del simple hecho de celebrar elecciones. El PNUD señala en su informe de 2026 que la región sigue siendo la más democrática entre las regiones en desarrollo, pero advierte que sus democracias están bajo presión por desigualdad política, representación débil, capacidades estatales fragmentadas, polarización, crimen organizado y un ecosistema informativo cada vez más conflictivo. En Venezuela, el sistema político prácticamente cerró los canales de disenso y, según Foro Penal citado por Freedom House, 902 presos políticos permanecían encarcelados al final de 2025. En Nicaragua, la concentración del poder llegó a tal punto que las reformas de 2025 otorgaron al Ejecutivo facultades expansivas sobre otras instituciones, mientras continuaban la censura, los exilios y la persecución de opositores y religiosos. Cuba mantiene un sistema de partido único que prohíbe el pluralismo político, controla los medios independientes y restringe severamente las libertades civiles.
Y tampoco deberíamos romantizar el poder de las grandes potencias cuando se presenta bajo el lenguaje de la seguridad. En 2025 el mundo gastó unos 2,9 billones de dólares en fuerzas armadas, el nivel más alto registrado por SIPRI; Estados Unidos concentró aproximadamente 954.000 millones y China unos 336.000 millones. Esas cifras no pertenecen exclusivamente a un bloque ideológico: son parte de una carrera global en la que cada potencia justifica su propia expansión militar mirando la expansión de la otra.
Pero una cosa es reconocer esas diferencias y otra convertirlas en una licencia para deshumanizar al otro.
Occidente también tiene algo extraordinariamente valioso que defender: una larga tradición jurídica de dignidad individual, libertad de conciencia, libertad de expresión, límites al poder y derechos que no deberían depender del capricho de un gobernante. La Declaración Universal de los Derechos Humanos abrió ese horizonte en términos universales al afirmar que todos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos y que toda persona tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad.
Y en América del Norte, por ejemplo, la Primera Enmienda estadounidense convirtió en norma constitucional libertades como la expresión, la prensa, la reunión y la libertad religiosa, junto con una arquitectura destinada a limitar el poder del Estado.
O como las enseñanzas de Jesucristo, profundamente arraigadas en nuestra cultura occidental, el amor al prójimo, el reconocimiento de la dignidad de toda persona, la misericordia con el vulnerable y, sobre todo, la enseñanza de amar al prójimo como a uno mismo. También hay una advertencia permanente contra la soberbia, el abuso y la exaltación del poder. Esa herencia no debería utilizarse para despreciar a quien piensa, cree o vive de otra manera. Por el contrario, cuando el amor al prójimo y la dignidad de cada persona se toman en serio, la libertad deja de ser solamente un derecho propio y pasa también a ser un deber de respeto hacia los demás.
Y China tiene también una profundidad civilizatoria que no debería quedar reducida a su Estado actual.
Confucio dejó una tradición centrada en la formación moral, el respeto, la responsabilidad y la búsqueda de una sociedad ordenada por virtudes, no solamente por la fuerza. Lao Tse, desde otro ángulo, dejó una crítica sorprendentemente moderna al exceso de deseo, al afán de poder y a la acción impulsada por la codicia y la imposición. El wu wei, que suele traducirse como “no acción”, no significa quedarse inmóvil: plantea una forma de actuar sin coerción innecesaria, con sencillez y sin convertir el poder en una obsesión. La propia tradición del Laozi critica la guerra agresiva, los castigos crueles y la búsqueda desmedida de riqueza y poder.
Es difícil no preguntarse qué pasaría si Occidente recuperara algo de su mejor tradición de dignidad y libertad, China recuperara algo de su antigua sabiduría sobre moderación y virtud, y ambos dejaran de mirarse exclusivamente a través de sus respectivas sombras.
Y hay algo todavía más injustamente olvidado: Medio Oriente no es solamente el escenario contemporáneo de guerras, petróleo, terrorismo o disputas religiosas. Mucho antes de que existieran los actuales Estados y sus conflictos, esa región fue uno de los grandes laboratorios intelectuales de la humanidad.
En la antigua Mesopotamia se desarrollaron formas de escritura cuneiforme, sistemas matemáticos de extraordinaria sofisticación y observaciones astronómicas que dejaron huellas que todavía vemos todos los días. El sistema sexagesimal de tradición mesopotámica está detrás de nuestra división del tiempo en 60 minutos y 60 segundos; las tablillas babilónicas registraron observaciones y cálculos astronómicos durante siglos.
Y la historia de las letras tampoco tiene un solo dueño. El alfabeto fenicio fue una de las grandes transmisiones culturales del Mediterráneo antiguo y el sistema de escritura griego se desarrolló a partir de un alfabeto basado en el fenicio.
Muchísimos siglos después, desde el Líbano hasta América, una voz como la de Khalil Gibran volvió a mostrar que las fronteras políticas son demasiado pequeñas para contener una cultura. Gibran escribió en árabe e inglés y El profeta terminó formando parte de una tradición literaria que atravesó continentes.
Todo esto debería hacernos pensar.
Nuestra humanidad es demasiado rica para dejarla reducida a diferencias ideológicas, fronteras geográficas o disputas comerciales exageradas hasta convertirlas en conflictos existenciales.
Podemos discutir sobre modelos económicos. Podemos discutir sobre democracia. Podemos discutir sobre comercio, soberanía, tecnología, religión, propiedad, guerra o inteligencia artificial.
Pero necesitamos aprender a separar una discusión de una deshumanización.
Porque la verdadera amenaza no es que las civilizaciones sean distintas entre sí. La verdadera amenaza es que terminemos creyendo que esas diferencias justifican olvidar aquello que tenemos en común.
Y aquí aparece la inteligencia artificial.
Estamos entrando en una etapa en la que máquinas cada vez más capaces pueden escribir, programar, investigar, ver, escuchar, razonar y ejecutar tareas. Pero cuanto más rápido avance esa tecnología, más importante se vuelve recordar qué es aquello que ninguna máquina debería reemplazar: nuestra conciencia, nuestro criterio, nuestra capacidad de amar, perdonar, dudar, arrepentirnos, cuidar al débil y preguntarnos no solamente qué podemos hacer, sino qué deberíamos hacer.
Los datos actuales ya muestran por qué esa discusión no es ciencia ficción. El informe AI Index 2026 de Stanford registró 362 incidentes relacionados con sistemas de inteligencia artificial durante 2025, frente a 233 en 2024, mientras que las evaluaciones estandarizadas de seguridad siguen avanzando más lentamente que las capacidades de los modelos.
Por eso quizás el objetivo no debería ser ganar una carrera para construir la inteligencia artificial más poderosa del planeta.
Quizás debería ser construir seres humanos suficientemente sabios como para saber qué hacer con ella.
No necesitamos otra Guerra Fría. Necesitamos una nueva cultura del encuentro.
Una América que vuelva a recordar por qué la libertad importa. Una China que pueda ofrecer al mundo algo de la profundidad de Confucio y Lao Tse, además de su enorme capacidad científica y económica. Un Medio Oriente que sea visto también por su herencia intelectual, espiritual y artística, y no solamente por sus conflictos. Un Occidente capaz de defender sus fortalezas sin negar sus propias sombras. Un Oriente capaz de defender su identidad sin necesitar demonizar al otro.
Y todos, absolutamente todos, capaces de mirar primero hacia adentro.
Porque quizás el próximo gran salto de la humanidad no consista en crear una inteligencia superior a la nuestra.
Quizás consista en no perder la nuestra.