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El mundo está teniendo cada vez menos hijos: la caída de la natalidad ya es global

Resumen basado en fuentes

Según Naciones Unidas, la tasa de fecundidad mundial fue de 2,2 hijos por mujer en 2024, frente a unos 5 en los años 60 y 3,3 en 1990. El dato más importante, sin embargo, está debajo del promedio global: el 55% de los países y territorios ya tiene una fecundidad inferior a 2,1, y en ellos vive más de dos tercios de la población mundial.

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Durante décadas, la preocupación demográfica estuvo puesta en el crecimiento de la población. Hoy el problema empieza a ser otro: cada vez más sociedades tienen menos hijos y, en muchos casos, ya no alcanzan el nivel necesario para reemplazar a su población. Según Naciones Unidas, la tasa de fecundidad mundial fue de 2,2 hijos por mujer en 2024, frente a unos 5 en los años 60 y 3,3 en 1990. El nivel de reemplazo se ubica alrededor de 2,1 hijos por mujer. Es decir, el promedio mundial todavía está apenas por encima, aunque la distancia es cada vez menor. La ONU proyecta que llegará a ese nivel hacia 2050 y seguirá bajando después. El dato más importante, sin embargo, está debajo del promedio global: el 55% de los países y territorios ya tiene una fecundidad inferior a 2,1, y en ellos vive más de dos tercios de la población mundial. En 1994 eran menos de un tercio. Más de uno de cada diez países, además, ya registra menos de 1,4 hijos por mujer. La caída tampoco está concentrada en Europa o Asia. Un estudio publicado en marzo de 2026 en Population and Development Review encontró que la llamada fecundidad ultrabaja —menos de 1,3 hijos por mujer— dejó de ser un fenómeno principalmente europeo y ya aparece en todos los continentes habitados. Entre los ejemplos aparecen China, Colombia, Uruguay, Chile, Mauricio, Tailandia, Canadá y Finlandia. En algunos lugares el descenso llegó todavía más lejos. Corea del Sur es uno de los casos extremos, mientras que distintas sociedades del este asiático y Europa mantienen tasas muy por debajo del reemplazo. Pero la tendencia ya alcanza a países muy diferentes entre sí, con economías, culturas y políticas familiares distintas. África sigue siendo la gran excepción. Es la región con mayor fecundidad del planeta y concentra buena parte de los países que todavía superan los cuatro hijos por mujer. Aun así, también allí la tasa viene cayendo. Naciones Unidas estima que la disminución continuará durante las próximas décadas. Esto abrió una discusión que va mucho más allá de la cantidad de nacimientos. Cuando durante décadas nacen menos niños, las generaciones jóvenes se achican mientras aumenta el peso relativo de los adultos mayores. Con el tiempo eso puede traducirse en menos trabajadores, mayor presión sobre jubilaciones y sistemas de salud y una creciente necesidad de productividad para sostener una población que envejece. Formar un hogar también se volvió mucho más caro Hay una parte de la discusión sobre la baja natalidad que suele reducirse demasiado a los jóvenes no quieren tener hijos. Los datos muestran algo bastante menos cómodo: formar una vida independiente cuesta mucho más. En buena parte de las economías desarrolladas, la vivienda se convirtió en el gasto que decide si una persona puede independizarse, ahorrar, tener pareja estable y pensar en hijos. La OCDE señala que el aumento de los precios de viviendas y alquileres en las últimas décadas dificultó especialmente el acceso de las generaciones jóvenes a la propiedad. Y no se trata solamente de comprar: en 34 de 37 países de la OCDE, alquilar resulta más caro que ser propietario incluso cuando se contabiliza el pago de capital de una hipoteca. Los hogares cuyo miembro de mayor edad tiene entre 25 y 34 años destinan, en promedio, 14 puntos porcentuales más de su ingreso disponible a alquiler o hipoteca que los hogares encabezados por personas de más de 65 años. La presión aparece incluso antes de pensar en una casa propia. Entre 2012 y 2023, la proporción de inquilinos privados de la OCDE que gastaban más del 40% de sus ingresos disponibles solamente en alquiler pasó del 12,8% al 17,9%. Al mismo tiempo, cada vez más jóvenes permanecen viviendo con sus padres porque independizarse resulta demasiado caro. La propia OCDE encuentra una relación negativa entre mayores costos de vivienda y fecundidad: cuando conseguir espacio suficiente para una familia cuesta más, tener hijos también se vuelve económicamente más difícil. Y ahí aparece una de las contradicciones de esta transición demográfica: se espera que una generación joven trabaje, consuma, pague impuestos, sostenga sistemas previsionales y eventualmente tenga hijos, mientras se le exige hacerlo en un mercado donde la entrada al patrimonio básico —una vivienda— se ha alejado mucho más rápido que sus ingresos. No significa que el dinero explique toda la caída de la natalidad, pero sí que resulta difícil separar las decisiones familiares de una realidad material en la que independizarse, formar un hogar y mantener hijos requieren cada vez más recursos. La pregunta más interesante, entonces, no es si la humanidad va a quedarse sin habitantes. Eso está muy lejos de ocurrir. La pregunta es cómo van a funcionar las sociedades cuando tener pocos hijos deje de ser una excepción y pase a ser la norma. Por ahora, el mundo todavía está ligeramente por encima del reemplazo. Pero la dirección es clara: de unos cinco hijos por mujer en los años 60 a 2,2 en 2024, con más de la mitad de los países ya por debajo del nivel necesario para sostener su población en el largo plazo. La gran transformación demográfica del siglo XXI quizás no sea un planeta superpoblado, sino uno cada vez más envejecido y con generaciones nuevas más pequeñas.

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